Pintura de Howard Behrens

Pintura de Howard Behrens

domingo, 10 de marzo de 2013

Retrato a Manet de Émile Zola -1868

             
 


Retrato de Émile Zola
(Portrait d'Émile Zola) Édouard Manet,

Técnica: 1868 Óleo sobre lienzo
• Impresionismo
Medidas: 146,3 cm × 114 cm
Museo de Orsay, París, Francia


Emile Zola, el amigo de juventud de Cézanne, manifiesta muy tempranamente un obvio interés por la pintura. Se interesa sobre todo a los artistas rechazados por la crítica oficial. En 1866, escribe sobre Manet en La Revue du XXe siècle y lo defiende de nuevo al año siguiente, con motivo de su exposición particular, organizada en margen de la Exposición universal. Zola considera el artista, discutido por los partidarios de la tradición, como uno de los maestros del futuro cuya, plaza estará en el Louvre. En 1867, el artículo fue publicado bajo la forma de un pequeño folleto, con tapa azul que encontramos aquí, colocado muy en evidencia encima de la mesa.

En agradecimiento, Manet ofrece al autor realizar su retrato. Las sesiones de pose están organizadas en el taller de Manet, calle Guyot. El entorno está formado para esta ocasión con elementos característicos de la personalidad, los gustos y la profesión de Zola. En el muro, reconocemos una reproducción de la Olympia de Manet, un cuadro que generó un violento escándalo en el Salón de 1865, pero que Zola consideraba como una obra maestra de Manet. Detrás de él, se encuentra un grabado realizado a partir del Baco de Velázquez que demuestra el afán común del pintor y del escritor por el arte español. Una estampa japonesa de Utagawa Kuniaki II que representa un luchador, completa el conjunto. El Extremo Oriente, que revolucionó el concepto de la perspectiva y del color, en la pintura occidental, desempeña un destacado lugar en el éxito de la nueva pintura. Un biombo japonés, colocado en la izquierda de la composición, recuerda esta importancia.

Zola posa sentado en su mesa de trabajo. Lleva un libro en la mano, probablemente La Historia de los pintores de Charles Blanc, a menudo consultado por Manet. Encima del escritorio un tintero y una pluma, simbolizan la profesión de escritor.

Este retrato sella el comienzo de una fiel amistad entre Manet y Zola, ambos en búsqueda de éxito.


Maribel Alonso Perez
   10 marzo 2013

sábado, 9 de marzo de 2013

Caminante a la puerta de una cabaña 1649 - Isack van Ostade

             
 

Isack van Ostade
Título: Caminante a la puerta de una cabaña
Fecha: 1649
Técnica: Óleo sobre tabla.
Medidas: 48,3 x 39,4 cm
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid



Isack van Ostade era hermano de Adriaen van Ostade que le llevaba once años y con el que, según Houbraken, se inició en la pintura, aunque en este apartado también se han mencionado otros artistas. Su primera obra fechada, Campesinos en un interior, conservada en la Alte Pinakothek de Múnich y datada en 1639, refleja la proximidad que Isack mantenía en esos años con el mundo rural creado por su hermano Adriaen. Isack está inscrito en el gremio de pintores de Haarlem en 1643, y al principio de esta década, la última de su vida, introdujo una serie de modificaciones en su estilo que afectaron a la elección de los temas y que marcaron la diferencia con la producción de su hermano mayor.

Isack se especializó en escenas en las que combinó perfectamente el paisaje y la pintura de género con unos personajes y unos episodios que se desarrollan en el exterior de posadas, tabernas o granjas. En estos temas se ha visto la influencia que la pintura de Pieter van Laer ejerció sobre el joven artista. Isack también incluyó en su repertorio paisajes de invierno, donde sus figuras se entretienen en deportes y juegos propios de la estación o simplemente continúan haciendo su vida normal bajo las grandes heladas. En sus óleos se descubre un virtuosismo mayor que en las pinturas de Adriaen, pues pone una mayor atención en la descripción de sus personajes y en particular en todos los detalles, entre los que resultan significativos por el tratamiento que reciben las hojas y ramas de los árboles.

Caminante a la puerta de una cabaña, fechado en el mismo año de su muerte, es un buen ejemplo de otro de los motivos que Isack trató a lo largo de su corta pero productiva carrera: viajeros descansando a la entrada de alquerías o granjas. En esta escena con formato vertical encontramos a un viajero o a un trabajador temporal, como se ha reseñado por su indumentaria y por los objetos que porta, zurrón y mochila de lana a su espalda, a la entrada de una humilde casa. Van Ostade utiliza el frente de la fachada de esta pobre construcción como telón para colocar a su viajero y a los tres miembros de una familia campesina. El trabajador temporal de pie, apoyado en una vara, habla y mira a la mujer sentada en el suelo que ha dejado los instrumentos de labor a un lado. Su hijo, que ha dejado su sombrero en el suelo, recibe al visitante ocultando su rostro sobre las rodillas de su madre, a la que coge de la mano.

El padre, mientras tanto, en el interior de la casa, ha decidido asomarse por la puerta para mirar al forastero, cuya conversación escucha con atención. La calidad de la pincelada y el toque, cargado de sensibilidad, se aprecian en la manera en la que se han reproducido todos los pormenores de la composición: la paja del tejado, las hojas de los árboles y de los arbustos o las ropas de las figuras. También se ha llamado la atención sobre los zapatos de este visitante, que tal vez esté pidiendo trabajo o recabando información sobre dónde puede encontrarlo, gastados y sucios por el camino y con briznas y pequeñas hierbas que delatan su transitar por senderos y caminos. La escena que recibe la iluminación de la izquierda está impregnada por una tonalidad cálida, fruto en parte de la gama terrosa utilizada que se rompe con los azules, blancos y rojos de las ropas de los protagonistas. Esta tonalidad, así como los suaves perfiles que van dibujando las formas crean una atmósfera típica en la pintura de Isack van Ostade.


Maribel Alonso Perez
   09 marzo 2013

Mujer de un pescador oteando el horizonte sobre una duna 1900 - Jozef Israëls

               


Jozef Israëls
Título: Mujer de un pescador oteando el horizonte sobre una duna
Fecha: 1900
Técnica: Óleo sobre tabla.
Medidas:39,5 x 50,5 cm
Úbicacion: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza 
Museo Thyssen-Bornemisza


Antes de que Jozef Israëls llegara a ser uno de los más sobresalientes artistas de proyección internacional de los Países Bajos, ya tenía a sus espaldas una larga carrera. Después de haber trabajado en el taller del retratista y pintor histórico Jan Adam Kruseman (1804-1862), y más tarde en la Real Academia de Amsterdam, Israëls se marchó a París para proseguir su formación en el taller de F. E. Picor (1786-1868) y en la Escuela de Bellas Artes.
Al iniciar su carrera como artista, Israëls pintaba sobre todo cuadros históricos y obras de temas literarios. Pero no siempre eran bien recibidos, por lo que, siguiendo las huellas de algunos predecesores alemanes e ingleses, pasó a dedicarse a la especialidad que le llevó a adquirir fama internacional: los pescadores

La visita que realizó en 1855 a la playa de Zandvoort, le inspiró para representar las alegrías y los sufrimientos de los pescadores locales. En los años siguientes aparecieron escenas realistas con referencias sentimentales, como Visita a la tumba de la madre, en la que vemos a un pescador con sus dos hijos frente a la tumba de su mujer. Israëls también supo plasmar el motivo de las muchachas y mujeres subidas a las dunas, oteando el mar a la espera de sus seres amados, hermanos, padres o hijos. Este motivo es común en la literatura y remite a la antigua historia mitológica en la que Ariadna, la hija del rey de Creta espera en vano en la playa a que vuelva su amado Teseo.
Desde 1857, Israëls pintó innumerables variaciones sobre el tema, con títulos como A la espera, Vuelta a casa, Oteando el horizonte o Esperando. Varían el número de personajes y sus ocupaciones. Muchas de las mujeres aparecen remendando redes, otras están haciendo punto, zurciendo o blanqueando la ropa. Israëls empleaba técnicas variadas: se conocen versiones al óleo, y otras a la acuarela, al aguafuerte y a lápiz. El estilo de la pintura que se presenta aquí difiere considerablemente de las versiones anteriores, más detalladas y pintadas con un colorido cálido. La soltura de la mano y el sobrio empleo de los tonos nos indican que este lienzo data de alrededor del cambio de siglo

En el transcurso de estos cincuenta años se produjeron numerosos cambios. El pintor trasladó su lugar de trabajo de Zandvoort a Katwijk y Scheveningen, y él mismo se mudó a La Haya, ciudad que había llegado a ser un importante centro artístico. En su taller del Koninginnegracht, el artista hizo construir un rincón que reproducía el interior de una casa de pescadores para poder así trabajar con modelos.


La reacción del público ante las mujeres de pescadores en las dunas también experimentó un cambio importante; mientras que la primera versión de Esperando fue criticada en el Salón de Bruselas y en la Exposición de Maestros Vivos de Amsterdam como una aberración del maestro, las últimas versiones gozaron de una gran aceptación, tanto nacional como internacional. Israëls, que apenas pudo satisfacer la demanda desde que alcanzó fama internacional en la década de los setenta, empezó a pintar, además de su obra de tema libre, obras menores de factura rápida y temas populares, realizadas exclusivamente para su venta. Además de niños jugando en la playa -con barquitas hechas de zuecos- y de costureras en el interior de una casita de pescadores, las mujeres esperando, subidas a las dunas, siguieron formando parte de la temática más utilizada. Jozef Israëls llegó a identificarse tanto con el motivo de la mujer del pescador, que el famoso caricaturista Albert Hahn, al fallecer Israëls, le dedicó una viñeta en la que aparece el propio artista subido a una duna, mientras escudriña la inmensa superficie del mar.


Maribel Alonso Perez
   09 marzo 2013

Corrado Giaquinto Molfetta, 1703- 1766 Nápoles




Titulo: El nacimiento de María
Año:  1740- 1750
Técnica: Óleo sobre lienzo
Medidas : 53 × 98 cm
Ubicación: Christ Church Picture Gallery
Ciudad: Oxford



Giaquinto, que a los dieciséis años, en 1719, se encontraba ya en Nápoles, fue aprendiz de Nicola Maria Rossi, y posteriormente de Solimena. Sin embargo, su verdadero maestro fue sin duda Luca Giordano, gracias a cuyo ejemplo el joven Giaquinto pudo combinar el espectacular universo vibrante y tridimensional de Solimena con formas más delicadas y coloristas, y fondos más limpios y claros. El artista apuliano vivió en Nápoles hasta 1727, y luego se trasladó a Roma, donde trabó amistad con Sebastiano Conca. Los frescos que pintó en San Nicola dei Lorenesi (1731) ponen de manifiesto su admiración por los grandes pintores decorativos romanos del siglo XVII, así como la influencia que, de entre los artistas que fueron casi contemporáneos suyos, ejerció el pintor dálmata Francesco Trevisani. En 1733 Giaquinto se encuentra en Turín, a instancias de Juvarra. Allí pinta dos frescos para la Villa della Regina (Apolo y Dafne y La muerte de Adonis). Además, asimila la influencia de pintores de frescos de la categoría de Beaumont y Crosato, así como la de De Mura y Van Loo.

El retablo que ejecuta para la Colegiata de Rocca di Papa, con el tema de La Asunción de la Virgen, por encargo del cardenal Ottoboni, data de 1739; los frescos que pinta en San Giovanni Calibita de Roma son de 1740-1741. Giaquinto deja mayor huella de su presencia durante su segunda estancia en Turín, que tiene lugar entre 1740 y 1742. Entre las obras realizadas en esa época cabe citar los dos lienzos de santa Teresa (Descanso durante la huida a Egipto y El tránsito de san José) y el fresco dedicado a La gloria de san José. De nuevo en Roma, Giaquinto sigue dando muestras de su buen hacer en los cuadros que pinta para la capilla Ruffo en San Lorenzo de Damaso, en los lienzos para los techos de la Santa Croce in Gerusalemme (La invención de la Vera Cruz, La Virgen presenta a santa Elena y Constantino ante la Santísima Trinidad; los frescos consagrados a temas de Moisés los pintó en fecha posterior), y los frescos del Palazzo Ercolani-Borghesi. Su obra maestra de ese período es el retablo para el altar mayor de la iglesia de la Santissima Trinità degli Spagnoli, en Via Condotti (La Trinidad con esclavos libertos, 1742-1743), palpitante de vigoroso naturalismo, siguiendo tal vez la estela de Mattia Preti, admirado en San Giovanni Calibita. Un impulso similar de monumentalidad caracteriza su Bautismo de Santa Maria dell'Orto (hacia 1750)

A partir de entonces Giaquinto se consagra como pintor de fama internacional. Sus obras llegan a cualquier punto de la península italiana, desde Pisa (La Natividad de la Virgen del Duomo), hasta Cesena (otra refinadísima Natividad de María en la iglesia del Suffragio; frescos en la cúpula de la Madonna del Popolo del Duomo), y desde Nápoles hasta Apulia. En la década que va desde 1753 hasta 1762, Giaquinto se traslada a Madrid, donde lo colman de honores, tanto desde el punto de vista académico (es nombrado director de la Academia de San Fernando) como desde el profesional (supervisa la Real Fábrica de Tapices de Madrid). De nuevo Giaquinto hace gala de su impresionante y frenética actividad. Por ejemplo, en 1755 realiza los frescos de la capilla real del Palacio Real, pinta siete lienzos para el palacio de Aranjuez, ejecuta otros cuadros para el convento de las Salesas (pinta los frescos de la bóveda y la cúpula de esta iglesia después de 1758) y, por último, ejecuta los famosos frescos del Palacio Real en los que se representa El nacimiento del sol en el Salón de Columnas, y España venerando a la Religión y a la Iglesia en la escalinata. Giaquinto ejerció gran influencia sobre los pintores españoles, en particular sobre el joven Goya. De nuevo en Nápoles a partir de 1762, la obra de Giaquinto es muy apreciada por los artistas napolitanos -especialmente por los más académicos- que tratan de emular el moderado clasicismo y la elegancia formal alcanzados por Giaquinto, sin duda a base de una estudiosa aplicación.


Maribel Alonso Perez
09 marzo 2013

miércoles, 20 de febrero de 2013

Hoguera junto a una ría 1886 - Paul Gauguin

               


Paul Gauguin
Título: Hoguera junto a una ría
Fecha: 1886
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Medidas: 60 x 38 cm
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza 
Museo Thyssen-Bornemisza


Existen ciertos cuadros que conforman enseguida el registro predominante en la oeuvre de un artista en un momento determinado de su carrera. Otros -raros y singulares, por llamarlos de algún modo- tocan una nota diferente dentro del registro generalmente aceptado: son obras excéntricas y anticonformistas. Las ideas que nos hemos ido formando sobre el trabajo que Gauguin desarrolló en Pont-Aven en el año 1886 -su primera visita a Bretaña- se han centrado ante todo sobre un conjunto de paisajes que el artista pintó de esta población cuya «impronta bretona» no ha sido exagerada impropiamente. Un ambiente incorrupto y pastoral puede ser tomado erróneamente por un idilio rural, especialmente cuando, al introducir figuras, Gauguin nos lo presenta poblado por muchachas de Pont-Aven pintorescamente vestidas con los atuendos nativos

Esta extraña y casi malévola pintura lleva un título más bien engañoso. El elemento paisajístico no proclama inmediata e inequívocamente su origen de Pont-Aven. Una ladera de colina desciende suavemente hacia la ribera de una ría, en donde pueden distinguirse los mástiles de dos veleros y vislumbrarse la lejana orilla, así como un retazo de cielo. Todos los protagonistas de este enigmático drama, que desde luego no son las muchachas bretonas que visten los atavíos locales, son actores del sexo masculino, hombres cuyas gorras, al menos en tres casos, parecen denotar que son aduaneros que se congregan en torno al misterioso fuego que arde no lejos de la ribera del río.

En una secuencia de cinco páginas consecutivas que formaba parte de un cuaderno de notas que Gauguin utilizaba en Bretaña en el año 1886, podían verse dibujos muy esquemáticos que representaban aduaneros, otras figuras masculinas y un bosquejo compositivo apenas esbozado. Varias de estas figuras ejecutadas apresuradamente reaparecen en el lienzo que se expone. La morfología impresionista adaptada de la pincelada y la articulación cromática constituyen un ejemplo típico del estilo que Gauguin desarrolló durante los tres meses que duró su estancia en Pont-Aven. A este respecto la pintura colma nuestras expectativas. Lo que temáticamente era aberrante (¿un caso de contrabando?) resulta ser algo estilísticamente conformista.


Maribel Alonso Perez
21 febrero 2013

miércoles, 13 de febrero de 2013

Escena Callejera (Kurfürstendamm) 1925 George Grosz

                                 


George Grosz
Título: Escena callejera (Kurfürstendamm)
Fecha: 1925
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Medidas: 81,3 x 61,3 cm
Úbicacion: Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid


Hacia mediados de la década de 1920 la paulatina evolución de George Grosz hacia formas más realistas le acercó a la Neue Sachlichkeit (nueva objetividad), el movimiento que apareció a partir de la mítica exposición programática del mismo nombre, organizada por el activo director de la Kunsthalle Mannheim, Gustav Hartlaub, y que definiría toda una época. La muestra, que reunió a un grupo heterogéneo de artistas alemanes con el interés común de romper con el expresionismo a través de una nueva figuración objetiva, se inscribe dentro de la tendencia generalizada de vuelta al orden que se manifestó en Europa en los años veinte, pero que, a diferencia de otros países, en Alemania adoptó un fuerte espíritu de denuncia social.

La guerra había supuesto para Alemania cinco millones de muertos y un millón de mutilados, por lo que la gran mayoría de la sociedad alemana se vio afectada. Tras la derrota militar y la abdicación de Guillermo II, Berlín permaneció como capital de la recién creada República, cuya constitución se estableció en Weimar en 1920. Si durante los primeros días de la Gran Guerra las calles de Berlín se habían llenado de jóvenes exaltando las bondades de la contienda, que veían como un sacrificio purificador, cuatro años después su imagen era bien distinta. La capital alemana se convirtió en un lugar de luchas políticas, enfrentamientos callejeros y disturbios sociales, motivados por la pobreza y la inflación creciente.

Es lógico que durante esos años de revolución política y moral, de grandes frustraciones y grandes esperanzas, se despertara un exacerbado espíritu crítico y una nueva concepción del arte como arma política. George Grosz, como muchos de sus contemporáneos, traduciría plásticamente, con un ácido sarcasmo, la descomposición interna de la sociedad alemana y, como antes que él hicieran Daumier o Hogarth, creó una suerte de comedia humana representada sin piedad. La moderna metrópolis se convirtió en el tema recurrente de su obra y, como un moderno Bosco, de incisivo tono crítico y agudo sentido de la observación, representó su entorno con una intención moralizante para poder mostrar la hipocresía de la vida burguesa y la inmundicia que se escondía detrás de su fachada de respetabilidad.

Esta Escena callejera, fechada en febrero de 1925, es un buen ejemplo de la nueva pintura objetiva de Grosz y de su permanente rebelión contra el orden social injusto y contra la hipocresía y la vulgaridad de la clase media urbana. Esta representación de la céntrica Kurfürstendamm de Berlín, en la que el glamour de las clases acomodadas contrasta con la pobreza de los homeless, los inmigrantes y los numerosos lisiados que había dejado la guerra, se acerca a la que describía Alfred Döblin en su Berlin Alexanderplatz (1929), que narra la historia de Franz Biberkopf, un ciudadano cualquiera que intenta abrirse camino en una sociedad en la que dominan el paro, la violencia y las promesas incumplidas; o a la de las obras teatrales de Bertolt Brecht, con sus escabrosas imágenes sobre la vida moderna, sobre esas «vidas opacas» que se abrían camino en «la jungla de las ciudades».

La obra permaneció en poder del artista hasta 1938, en que fue adquirida por el alemán refugiado en América Erich Cohn, uno de los primeros coleccionistas en comprar obras de Grosz tras su huida de Alemania en 1933. Años más tarde, pasó a manos del coleccionista de Múnich Hans Grote, cuya colección, que contaba con importantes obras de Grosz, Beckmann, Kirchner y Müller, fue vendida por la Galerie Thomas de Múnich en 1981 bajo el nombre ficticio de «Sammlung Rheingarten». Fue entonces cuando Escena callejera fue adquirida por el barón Thyssen-Bornemisza.


Maribel Alonso Perez
13 febrero 2013

miércoles, 6 de febrero de 2013

Expulsión Luna y Luz de Fuego 1828 - Thomas Cole


                                                   

Expulsión. Luna y luz de fuego,
Año 1828.
Óleo sobre lienzo. 91,4 x 122 cm


Es éste un paisaje plenamente romántico, creado por la imaginación del artista para transmitir fundamentalmente un mensaje religioso y moral. Aunque sin incluir a los protagonistas de la historia, representa el castigo divino a Adán y Eva tras el acto de desobediencia que provocó su expulsión del Paraíso. Los recursos que utiliza el pintor son intensamente emocionales y simbólicos: la luz enfrentada a la oscuridad; la naturaleza fértil contrapuesta al yermo, el aire limpio y luminoso frente a la atmósfera densa y asfixiante.

El pintor ha elegido un punto de vista centrado que al observador le produce la sensación de estar suspendido en el aire sobre el abismo. La vista se instala, fuera del cuadro, en paralelo a la cascada del fondo de la imagen. Desde esta posición vemos una escena que se distribuye en dos partes iguales, aunque crudamente contrastadas por su significado. A la derecha, un alto risco con una gran abertura luminosa, a modo de misteriosa puerta de acceso. Tras esta formación rocosa intuimos el paisaje placentero de un rico valle iluminado por un sol oculto tras las montañas más lejanas, pintadas en malvas y anaranjados. Es el Jardín del Edén, el Paraíso terrenal, tierra gozosa y fértil surcada por ríos y árboles pletóricos de vida. La vegetación es de un verde intenso y la luz del sol todo lo baña. Es, en suma, un lugar bendecido por la calma y la vida.


Detalle, alto risco con una gran abertura luminosa, a modo de misteriosa puerta de acceso.


Thomas Cole perfila esta alegoría creando dos ámbitos bien diferenciados no sólo por su forma, sino también por su luz y su atmósfera. La parte tenebrosa representa el destino del hombre en la tierra condenado al trabajo, el dolor y la muerte. Es un mundo en el que la oscuridad dificulta la visión, como metáfora de la materialidad terrestre y finita de una existencia "ciega", que se contrapone a la luz de la "verdadera" vida en el Paraíso perdido. Hay varios fenómenos naturales: en el extremo izquierdo la luna, medio cubierta por densos estratos de nubes negras, riela sobre el agua también oscura, que sólo se ilumina con reflejos plateados, apenas unas pequeñas pinceladas de blanco. A continuación, el lejano volcán entre densas brumas produce una explosión de rojos y anaranjados que tiñen las nubes en forma de cirros. En el centro de la composición, el agua de una altísima cascada cae hasta romperse en vapor en lo profundo del tajo de roca que se abre a sus pies. El color blancuzco del agua ofrece un toque de claridad en el espacio central del abismo y la parte inferior del puente de roca .

Cole ha diferenciado la tierra del Paraíso mediante la recreación de atmósferas muy distintas. Los pintores paisajistas modernos concedían enorme importancia a los efectos atmosféricos, a cuya observación y estudio dedicaban mucho tiempo, por ser retos para la representación de la naturaleza y las variables e imponentes condiciones de sus múltiples luces. Pintaban cielos azules, pero muchos más cielos nubosos, nieblas, brumas, tormentas y arcos iris con los que mostraban sus sensaciones y emociones ante esa naturaleza y su competencia como pintores. Incluso un cuadro como éste, de carácter alegórico, no naturalista y realizado íntegramente en el estudio, testimonia los conocimientos y experiencias del pintor de su época.

 
Detalle, en el centro de la composición, el agua de una altísima cascada cae hasta romperse en vapor en lo profundo del tajo.


El jardín del Edén, en primavera perpetua, ofrece la luz viva y la plena visibilidad en una naturaleza armónica en la que nunca se cierne la tragedia ni amenaza la tempestad. Reina en él la calma y el aire límpido. El cielo azul está surcado por cirros rosados que no barruntan tormenta. Parece que la calidad y luminosidad del aire cobra en este cuadro, además de poder simbólico, realidad física, tanto en la representación de la atmósfera luminosa como de la tenebrosa. No es extraño este interés por la sustancia del aire y la luz, si pensamos que, desde el siglo XVII, cuando se debatía si ésta estaba constituida por corpúsculos o por ondas, científicos rivales de Isaac Newton, como Robert Hooke y Christiaan Huygens, dieron valor a la existencia —ya intuida por los griegos— del llamado “luminífero éter”, una sustancia a modo de fluido no visible pero material, que llenaba el universo y tenía la función de propagar la luz, que ellos sostenían estaba constituida por ondas, como más tarde la Física ratificaría a mediados del siglo XIX. Las investigaciones proporcionarían un conocimiento más preciso de la luz y la atmósfera, combinando finalmente ambas posturas, y en tiempos de Einstein se acabó con la vieja teoría del éter.

En la parte izquierda del cuadro, la tierra yerma está dominada por una atmósfera densa, pesada y oscura, producida por las emisiones de gases volcánicos, el polvo, la ceniza y el vapor de agua. Este aire viciado hace aterradora la escena y por tanto enfatiza su poder simbólico. Sin embargo, por más que Thomas Cole sea un romántico y su cuadro una obra de invención, podemos pensar que compartía los intereses y conocimientos de sus colegas europeos en lo que respecta a la representación de los fenómenos meteorológicos. Constable, Turner o Friedrich (nacidos entre 1774 y 1776 y por tanto mayores que Cole) no sólo estaban familiarizados con los cielos y las nubes a través de la observación y la copia de los maestros holandeses del siglo XVII. También conocían, aunque fuera indirectamente, la obra del inglés Luke Howard, que había publicado a principios del siglo XIX un estudio y clasificación de las nubes que aún hoy es válido y utilizado. Este ensayo fue dado a conocer en Alemania por Goethe.

Pero además del conocimiento de la morfología de las nubes —cirros, cúmulos, estratos, etc.—, la experiencia de los fenómenos naturales había proporcionado al joven Howard en 1783 la visión de lo que se llamó en Europa Great Fogg (Gran niebla). Se trataba de un cielo densísimo, cargado de polvo y cenizas procedentes de dos erupciones volcánicas que, entre mayo y agosto, produjo una atmósfera inusual, espectacular en las puestas de sol. El cielo imaginario del cuadro de Cole responde a su concepto romántico de la sublimidad de la naturaleza, pero también puede hacerlo al conocimiento de ciertos fenómenos reales registrados y transmitidos por los divulgadores de la ciencia, poetizados por los artistas en una época rica en avances científicos y con una curiosidad por el conocimiento heredada del Siglo de las Luces.


Maribel Alonso Perez
07 febrero 2013